sábado, 25 de febrero de 2017

Amor seco

La luna pendía del cielo como un reloj atemporal, pintado en un lienzo impresionista, como joya nacarada que dominaba el vasto cielo nocturno, plagado de titilantes luceros, que pugnaban por hacer visible su tímida presencia ante la inequívoca luz de luna de aquella noche.
Aquel era mi rincón preferido, un banco destartalado a la orilla de una bahía rocosa en la que el mar batía con suavidad, calmo, quedo… danzando suavemente, como si lo tranquilizara la dulce luz nocturna.
Sin duda era una época convulsa. Aquella en la que los adolescentes suelen dedicar gran parte de su tiempo y energía a dejar que sus hormonas fluyan y se expresen. Yo me reprimía. No era algo que eligiera libremente, es que yo mismo no me aclaraba y aquello me estaba volviendo loco.
Mis pensamientos fluían atropelladamente en todas direcciones y, pronto, mi vista se desenfocaba y mi cabeza comenzaba a viajar, arrullada por la melodía del chocar de las suaves olas, embelesado por la luz y enroscado en mí mismo, como la concha de un caracol; dibujando filigranas con mis propias historias.
Hay costumbres que jamás se pierden. La de arrancar las <<lanzaderas>> de los amores secos que crecían a los márgenes de las aceras era una de ellas; lo hacíamos desde que íbamos al colegio.
Pero el significado podía cambiar… Cuando éramos escolares, nos agachábamos con disimulo y, con grácil facilidad, lanzábamos aquellos proyectiles orgánicos a la espalda del primer incauto que pillábamos. Era divertido contemplar como aquella improvisada flecha inocua permanecía colgando, adherida a la mochila o el abrigo de la víctima. La emoción se hallaba en aguantar la risa para que esa persona no se diera cuenta de la pequeña broma y ser capaces de contener la risa mientras pasabas a su lado.

En aquel momento todo era muy diferente.

A mí siempre me habían gustado las chicas, siempre. Mi autoestima estaba por debajo del firme de la carretera, quizá más abajo incluso. Era muy poca cosa, flaco, de pelo lacio y espalda encorvada; enamoradizo hasta de la brisa matinal y ahora cargado de dudas. Pero sabía lo que se removía en mis vísceras cuando miraba a Ana, la primera chica que me había gustado; el despertar de mi sexualidad se fundió entonces con adorar sus cabellos largos, ondulados, negros como el ébano; su boquita, que deseaba con locura, sus caderas, sus suaves formas de adolescente; para mí una diosa. Sin embargo, no llegué a enamorarme de ella, sólo babeaba.
Me había enamorado varias veces ya. De Bea primero, después de Silvia. Nada. Ninguna me hacía caso y empezaba a coleccionar los <<te quiero como amigo>> como quien atesoraba los cromos de una colección.

         Pero un día entró en mi vida Juan. Tenía unos cuantos años más que yo, como el doble, pero me caía bien y, al decir verdad, siempre había sentido más afinidad con gente mayor que con los de mi edad. Siempre me había considerado un alienígena, no un fuera de serie; más bien en el perfil de aquel que no se adapta a este mundo, pero camina por él, con la cabeza rellena de bandadas bulliciosas de estorninos.
Pasaba las tardes viendo películas en su casa, charlando, riendo… tranquilamente. Un día me confesó que era bisexual y aquello produjo un cosquilleo en la boca de mi estómago. Una sensación que no esperaba y que desconocía. No le di la mayor importancia.
Seguía lanzando proyectiles a Silvia a la salida del instituto. Con la esperanza de que le hiciera gracia, de que se diera cuenta de que existía, de que se diera la vuelta y me sonriera y todo mi mundo diera vueltas sin parar. Cada vez que me daba las gracias por cualquier cosa ponía cara de idiota… ¡así no conseguiría nada!... Pero me bloqueaba y sólo lograba tartamudear. Silvia me ponía una mano en el hombro y me dedicaba una suave sonrisa… ¡qué ganas de besarla!...
Sin embargo, una tarde, sin pensarlo, besé a Juan mientras estábamos sentados en su sofá viendo una película de Semana Santa. No me gustó, me limpié la boca con la manga de la camisa disimuladamente. Pero, una cosa llevó a la otra, y una tarde terminamos sobre la alfombra de su salón, acariciándonos; yo sin experiencia y con miedo a todo. Me dejé llevar, aún era un amante muy limitado. Fue una cuestión carnal muy egoísta, sentía que me gustaba el contacto con él; pero no quería que me besara, sólo me dejaba hacer cosas, yo era como una marioneta que se negaba a cruzar ciertas fronteras.
Lo negué. No a los demás, a mí. Sentía deseo sexual por Silvia. Deseaba sus curvas, sus pechos turgentes, sus labios carnosos… y continuaba lanzándole amores secos; como en una metáfora de mi realidad.
Silvia nunca me hizo caso. Juan desapareció de mi vida y yo seguía ocupando mi vida en todo aquello que le diera un valor.

Casi a mitad del tercer trimestre vino una alumna de intercambio, Marie. Su español de acento francés, su nariz angulosa y su boca de labios carnosos me absorbió al instante. Tenía la fortuna de ser delegado aquel curso, así que me encargué de guiarla y acompañarla el tiempo que pasó con nosotros. Durante un recreo, desenvolvíamos nuestros desayunos mientras yo trataba de hablarle en francés y ella me contestaba en español…

- Tú eras muy… ¿cómo se digo?... guapo –me dijo, sonriendo.
- Oh, merci Marie, tu es très belle, je… je crois que... –había llegado mi balbuceo.

Con un mohín descarado, se acercó a mis labios y me besó. El deseo recorrió mi columna vertebral como una descarga eléctrica y nos acariciamos sobre la ropa; pero no era el mejor lugar ni momento. Marie se marchaba en unas pocas semanas, así que nos fugamos y la llevé a casa; en aquel momento no había nadie. Desde luego no perdimos el tiempo, porque sabíamos que no nos quedaba. Marie me desnudó más rápido de lo que yo lo había hecho nunca. Me susurró palabras en francés que hacían acelerar mi corazón, comenzó a tararear “La vie en rose” y yo la acompañé, entre risitas y besos. Marie no aparentaba ser la femme experimentada que era. Frenó mi ansia, manejó la situación con serenidad, extrajo un preservativo de su bolso y me sonrió; me empujó sobre mi cama; me volvía loco. No podía dejar de besarla, de acariciar sus pechos, su espalda, su trasero perfecto. Sentimos enseguida la humedad del otro, nos olvidamos de tiempo y espacio y yo aproveché para olvidar toda mi experiencia con Juan. Era heterosexual, mucho, sin duda.
Jadeábamos, sudábamos… acabamos derrotados sobre la cama. Yo acariciando sus cabellos, los dos en paz; ella dibujando formas sobre mi pecho con sus manos delgadas y finas. Los dos con la clara certeza de que pronto se marcharía y aquello sería un bello recuerdo.
Pasamos el resto de los días cogidos de la mano, embelesados, dejando que nuestro rendimiento académico cayera en picado; pasando todas las horas posibles juntos. Ella me regaló un anillo con la inscripción La vie en rose en su interior y acogió la rosa roja que le di con entusiasmo. También había encargado un anillo igual para ella y me hizo ponérselo. Con amor chapurreado y despedida entre lágrimas, nuestra belle histoire se acabó contemplando cómo su avión se elevaba del suelo en el aeropuerto.

Y se acababa un curso y comenzaba otro. Siempre que un cambio revolvía mi estómago y sentía una presión en mi pecho; de noche o de día, terminaba sentado en mi banco destartalado, con los ojos fijos en el horizonte y los cabellos jugueteando con la brisa; pero sumido en mis universos paralelos.
Al entrar a clase el primer día allí estaba él. De cabellos muy cortos y rizados, ojos ambarinos, labios equilibrados. Delgado y con un trasero que no podía dejar de mirar. ¡No me podía creer que me volviera a fijar en un chico! Yo era heterosexual, supongo que aquello era simplemente envidia o una de esos episodios, como en el colegio cuando se la enseñabas a tus compañeros a ver quién la tenía más grande. Suponía que los chicos no estábamos tan acostumbrados a la libertad de las chicas, que se decían unas a otras que estaban guapas y no por eso eran lesbianas. Yo no era gay.
Me senté a su lado. En un curso de letras no éramos muchos los varones y yo tenía que buscar amigos de mi sexo, como se solía hacer.
Me descubrí lanzándole amores secos cada vez que tenía ocasión. Él se daba la vuelta y su sonrisa me dejaba helado. No sabía cómo reaccionar. No entendía lo que me pasaba… me seguía fijando en las chicas, me gustaba besar a las chicas que se habían dejado besar por mí, me excitaba pensando en ellas, viendo vídeos porno…
          Sergio me volvía loco. Cada poro de mi piel le deseaba. Tuve que abandonar mi postura de figura de cera. De cualquier modo, seguramente a él no le gustaran tampoco los chicos y nunca ocurriera nada.
       Y comenzamos a intimar. Le acompañaba a casa en un rodeo ridículo, mientras hablábamos de tetas y culos de chicas. A veces creía percibir otro tipo de miradas y, sólo con él, había dejado de encorvar la espalda. Nos veíamos en su casa para hacer las tareas de clase y, después, veíamos alguna película o simplemente charlábamos.
                Y seguí lanzándole todos los amores secos que estaban a mi alcance.

- A ver si dejas la bromita pesada algún día, muchacho –me dijo un día.
- Ya lo sé, echo de menos el colegio… y como tú eres un niñato –respondí burlón.

Una tarde de invierno, el atardecer llegó con la premura adecuada de la época. Al llegar a la puerta de su casa, me dijo que no había nadie en su casa y que, como no teníamos nada que hacer, estaría bien que le quitara todos los amores secos de la espalda y después viéramos una peli. No pude evitar reírme a mandíbula batiente ante su mirada socarrona. Arranqué con una sola mano los proyectiles y seguimos subiendo las escaleras. Mientras subíamos los escalones, el instante de los amores secos cayendo captó mi atención… ¡cómo podía caer a plomo aquello que parecía tan ligero!...
Empezamos criticando a los profesores, seguimos hablando de las chicas que estaban buenas de clase y del instituto y de los planes que teníamos. Nos atiborrábamos a comida basura y seguíamos hablando, hasta que me confesó que su familia había viajado a otra isla a visitar a unos familiares y que si me apetecía quedarme. Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Recibí un coscorrón y una recomendación de que llamara a casa si pensaba quedarme. Así lo hice. Le pregunté que dónde iba a dormir yo y me dijo que había camas de sobra en la casa, que eligiera sin problema.

- La tuya –le dije, sonriendo.
- ¡Ah, claro, qué bien! ¿Y dónde sugieres que duerma yo, imbécil?
- En… la tuya…

Sergio se quedó serio un segundo y me dio un buen empujón que, como no lo esperaba, me hizo acabar con mi trasero en el suelo y riendo sin poder parar.
Aprovechando la coyuntura, se me sentó encima y me agarró las manos con fuerza. Yo reía y forcejeaba, mientras él reía con esa risa que tanto me gustaba, instándome a defenderme y ganarle la batalla.
Con todas mis fuerzas me incliné hasta su cara.
Le besé.
Me soltó y se puso de pie.
Mi corazón volvió a latir desesperado. Esperaba una reacción violenta, que me llamara maricón, que me pegara; pero sólo se dio la vuelta y se encerró en su habitación tras un sonoro portazo.
No sabía qué hacer.
No me entendía ni a mí mismo. Me gustaba Silvia y Sergio. O estaba mal de la cabeza o era un bicho raro.
Me armé de valor y toqué a la puerta y, ante mi sorpresa, Sergio me invitó a pasar con una voz plana y sin ninguna pista de su estado.
Al entrar se puso de pie. Cerré la puerta tras de mí.
Estaba tan guapo. Se mordía el labio inferior en un gesto que adoraba y me sabía de memoria. Yo estaba inmóvil, hierático; quería pedirle perdón y no podía ni hablar.
Llegó lo imposible.
Se acercó a mí y me abrazó. Acarició mi espalda y me llené de su olor. Me estaba poniendo como una moto, como la vez que le recogí a Silvia un lápiz que se le cayó y estuve muy cerca de sus labios. No entendía nada.
Se separó de mí unos centímetros y me besó. El mundo se detuvo.
Le devolví el beso con ansia, explorando su boca, retorciendo su ropa, deslizándome por su cuello, acariciando su pelo, deseando cada parte de su anatomía.
Pronto nos sobró la ropa. Se ve que al final sí que íbamos a compartir su cama.
Yo ya había tenido una experiencia previa con Juan y él parecía saber lo que se hacía. Noté la diferencia. Sergio me atraía de verdad y no me detuve hasta que los dos caímos rendidos en brazos del otro. Satisfechos. Jadeantes.
Nos quedamos callados. Acariciándonos. Mi cabeza sobre su pecho. Sin hablar. Estábamos sudados, embadurnados de las sustancias del otro… felices.
De repente, los dos miramos su sudadera tirada en el suelo. Allí estaba, el amor seco superviviente observando la escena. Nos dio la risa y nos besamos con ternura.
Sergio me dio la seguridad que no tenía. En una época en que en nuestra pequeña ciudad nadie se declaraba gay, o lo que fuera que fuese yo. En una década en la que no se veía en la tele y sólo en algunas películas.
Quizá nuestro error fue reducirlo todo a los momentos íntimos. En clase éramos los mejores amigos y, en cuanto encontrábamos un refugio, nos devorábamos con ansia y nos enamorábamos sin remedio.

            Nunca lo hicimos oficial.

Al llegar el momento de empezar la universidad, Sergio me confesó que se iba fuera. Ese día no había nadie en su casa y no dimos tres pasos en el interior de su hogar sin acabar desnudos en un instante. Cuando me dio la noticia, yo sólo supe seguir acariciando su cuerpo desnudo, que me sabía de memoria, y compartimos todo con el otro. No hubo dramas. No hubo lágrimas. Rodeé los lunares de sus hombros, como en un ritual perpetuo, mientras de fondo sonaba “Night and day”, de Billie Holiday… “The man I love”, “They can’t take that away from me” sonaron sucesivamente como narrando nuestra historia labrada entre silencios, saliva y una doble vida, más libre entre cuatro paredes que fuera de ellas.
Fui al aeropuerto a despedirlo. Le di un abrazo largo y le deseé suerte.
Sabía que no nos veríamos en mucho tiempo. O tal vez nunca.

- Esto es para ti, Sergio –le dije, tendiéndole una pequeña caja de madera.
- ¿Qué es?
- Ábrelo, hombre.

Sergio extrajo el colgante de la caja y sus ojos se iluminaron. Yo conocía un artesano de la madera que era increíble en su trabajo y, junto con una carta a mi primer y verdadero amor, iba un colgante muy especial.

- Me encanta –me dijo, mientras me abrazaba de nuevo.

Ante la mirada extrañada de su familia, me pidió que le acompañara un segundo. Me arrastró a una esquina fuera de la vista de sus padres y hermana y me besó con pasión. Me dijo que me amaba y que nunca me olvidaría. Le dije que yo también, que no sabría vivir sin él. Él sólo me sonrió y acarició mi rostro con ternura.
Le ayudé a colgarse al cuello lo que le había regalado. Lo acarició y me sonrió con una mirada plena de felicidad y amor. Introdujo la mano en un bolsillo de su abrigo y extrajo un sobre. Me pidió que lo abriera. Contenía una carta y una lámina, dibujada por él, de la planta del amor seco, pues Sergio se marchaba a estudiar Bellas Artes becado por una universidad europea. Me volvió a abrazar y bailamos mientras me cantaba al oído “Am I blue?”… Su voz calmaba el dolor de mi interior y me hacía volar hacia las tardes en su habitación con la voz única de Billie Holiday, que se había convertido en cómplice y banda sonora de nuestro amor prohibido.

            Aquello terminó allí.

Los dos sabíamos que siempre significaríamos todo en la vida del otro.
Sergio nunca volvió y nunca traté de ponerme en contacto con él. Simplemente fuimos libertad y transparencia en la vida del otro. En un momento equivocado, en un lugar inadecuado.
Sin que me lo dijera, yo sabía que siempre llevaría al cuello o que, al menos, guardaría con cariño, el colgante de madera que definía nuestra historia. Incluso, puede que ambos escucháramos “I hadn’t anyone ‘till you” mientras yo escribía mis historias y él hacía desaparecer el blanco del algún lienzo. Seguro que su mano se dirigiría sin pensar hacia el colgante a la vez que mi vista lo haría hacia su dibujo, colgado en la pared de mi habitación.

Sin querer, su colgante y el dibujo se habían convertido en metáfora artística que describía y que, a la vez, como en todas las ambigüedades de nuestras vidas, definía todo lo contrario de nuestra historia: un amor seco.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Simple



-Todo empieza y acaba en ti –dije mientras mesaba sus cabellos, embelesado.
-Eres un exagerado, mon cher –respondió ella, haciendo un mohín.
-No, lo digo en serio, Dafne. Si ahora dejaras de estar en mi vida, me consumiría como una llama sin oxígeno.
-Tú no eres melodramático, Yerobe, tú te tragaste una compilación de dramas clásicos…
-Mmmmm… Sé la mejor forma de hacerte callar –repliqué, besando sus labios. No sabía qué tenían sus labios, pequeños y carnosos; pero me provocaban una adicción compulsiva.
-Pues sí, esa es buena manera, truhán… Sólo hace dos meses que estamos juntos y…
-Ah, ¿estamos juntos?... Eso es un avance. Yo creía que eras un espíritu libre, con todo ese rollo de “no sabemos lo que la vida nos depara, no creo en las ataduras humanas”. No eres una mujer común, debe ser eso lo que me atrae de ti.
-Eso… y esto –soltó sin vergüenza, guiando mi mano por su cuerpo desnudo hacia sus pechos y su vientre después.
-Sí, razón no te falta –volví a besarla. Todo en ti me gusta sobremanera, me contengo para no ser tu Apolo y que tú no cumplas tu hado de terminar convertida en hierbajo.
-¿Hierbajo? Laurel, bobico, Dafne fue convertida en laurel para poder huir del lascivo dios Apolo.
-Bueno, tienes suerte, yo me llamo Yerobe, no Apolo; que Apolo siempre me ha sonado a helado de hielo.
-Bobo.
-No, ahora en serio, eres una mujer extraña. Normalmente es al revés, ellas están locas por el compromiso y nosotros huimos.
-Pues eso es justo lo que no entiendes. Todo eso son tópicos, estereotipos y clichés de mentes pequeñas, que no me gusta nada escucharte decir. No hay que definirlo todo.
-Dafne, el ser humano define las cosas, le da nombres a todo para que los objetos y los seres vivos cobren presencia; si no, no existen. ¡Incluso se pone nombre a los bebés que nacen muertos!
-Amor, todo es más simple, no lo compliques… ¿Tienes necesidad de poseerme? –su rostro había adquirido un carácter grave.
-Ya, pero…
-Sin peros… A mí me vuelve loca el vello en caracolillos de tu pecho, el color chocolate de tu piel y sentir que, cuando nuestros cuerpos se entrelazan, no sé dónde empiezas tú y dónde acabo yo.
-Tienes más cuento, pelirroja. Sabes bien cómo embaucarme. Eso me pasa por enamorarme de una escritora, son lo peor.
-Qué tontela eres…
-Lo digo en serio.
-Como todo.
-Vaya, ahora no voy a poderte decir lo que pienso, lo que siento.
-Claro que sí, hombre, usted desahóguese, yo fingiré que te escucho con atención… ¿Ves?, ésta es mi cara de que pongo atención –dijo frunciendo el ceño y asintiendo cómicamente, de manera repetida.
-No te burles, te lo digo sin miedo, te amo con toda mi alma desde que te vi…
-Eso no es posible.
-Oh, Dios, llegó el lado racional de la señorita Dafne… Emergency!!!
-Yo también te amo, Yerobito; pero no necesito vestidos blancos, anillos y vida de pareja encorsetada. Al igual que yo soy bajita, blanca de piel, pelirroja y más canaria que el gofio y tú eres francés mestizo, un pelín más alto que yo, de labios carnosos, ojos del color de la avellana… la diversidad nos hace perfectos cuando nuestras bocas se funden en una.
-Adoro tus cavilaciones y la pasión que pones en ellas, cómo tus ojos ambarinos brillan con decisión y fiereza cuando defiendes tus ideas…
-¡Guá, me estás llamando bicho?!...
-Más o menos –le respondí, uniendo mi risa a su risa de cascabeles.
-Simplifica, nene.
-Soy más simple de lo que crees, Dafne. Pero es que, para mí, eso es lo simple.
-El qué…
-Pues llamarte mi novia, mi chica.
-Soy tu chica, nunca he dicho lo contrario. Sólo quiero estar contigo, si no, te lo habría dejado claro desde un principio. Sólo es que yo no necesito más, más que esto, que mi corazón se sienta dichoso y la certeza de felicidad en este preciso momento. En un segundo, la vida nos puede mostrar una cara fea, no somos más que esto, ahora. No hay más.
-Lo sé, supongo que soy idiota.
-No, eres un simple complicado.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Soberbia


Como cada mañana despertaba bajo la ropa desgastada de mi cama, con los ojos tan sólo entreabiertos, esperando que aquella mañana la casona al fin hubiera decidido ceder sobre su propia estructura y desplomarse sobre mí.
Mi madre me había puesto por nombre Alain, según ella, en honor al bello actor francés. Al llegar a la adolescencia, me confesó que sabía que yo iba a ser homosexual desde que me llevaba en sus entrañas y que, mientras devoraba pipas de girasol, suspiraba contemplando el porte de Alain Delon y yo me meneaba en su barriga. Deseaba con locura que creciera para tener alguien con quien hablar de hombres guapos y suspirar juntos. Su deseo se vio truncado, como su vida. Un cáncer la devoró por dentro y me la arrebató al inicio de mi adolescencia.
A aquellas alturas, el cáncer no había sido una tragedia tremenda para mi madre, que ya estaba familiarizada con la tragedia por haber perdido a su familia en un accidente marítimo. Se había casado con un rico empresario, mi padre, descendiente de una de las familias ilustres de la isla; pero en estado de dilapidación de su fortuna en alcohol, negocios turbios y otros menesteres. Mi madre descendía de una familia de negocios prósperos y, por esta razón, el matrimonio fue convenido entre las dos grandes fortunas que, mi padre, no se demoraría demasiado en hacer desaparecer.
Mi padre era descendiente de un ilustre militar que había venido a retirarse a aquella isla perdida en el Océano Pacífico, paradisíaca y cónclave de culturas y de rutas comerciales; por lo que no tardaron en prosperar diversos negocios impulsados por el renombre de mi bisabuelo, el gran militar.
Sin embargo, mi padre sólo había sido un niño rico y caprichoso, mimado en compensación por la dura vida militar de mi bisabuelo y la absorbente dedicación a los negocios familiares de su hijo, mi abuelo. Así, mi padre pasó su juventud y edad adulta sumido en diversos vicios que le llevaron a derrochar una fortuna que se le antojaba eterna.
El fallecimiento de mi madre coincidió con la pérdida de varios negocios y las deudas comenzaron a aflorar. No obstante, la actitud de mi padre no cambió en lo más mínimo y continuó llevando la misma vida, mientras los negocios familiares se arruinaban y yo seguía acudiendo a clases de pintura, de equitación, a centros educativos y clubes elitistas que costaban una fortuna, a clases de natación…
Mi padre falleció pocos años después. Seguramente su hígado dijo basta. Y lo planteo como hipótesis porque me había enviado a un internado en el continente, que me permitió vivir en un limbo que pronto habría de desaparecer. Nunca supe del todo las causas exactas de su muerte.
La lectura del testamento fue todo un espectáculo. Nuestro abogado familiar se despedía a sí mismo a la vez que, apretando mi hombro, me sonreía con cara de pena y dejaba sobre el escritorio su declaración jurada de no cobrar sus honorarios de los pasados tres años. Este caballero de principios inquebrantables había dejado resueltas las deudas de mi padre en vida del mismo, pero la herencia familiar había quedado reducida a la mansión sobre la colina principal de la ínsula.

- Sin duda, no tendrás problemas en venderla –me dijo.
- No pienso venderla…
- Sé razonable, con lo que te den por ella podrás permitirte algo más pequeño y montar algún negocio para empezar de cero.

Supongo que la insensatez era un rasgo hereditario, pues allí seguía, temiendo que cada mañana un pedazo del techo se desprendiera y acabara con mi vida.
La casona era de estilo colonial, de dos plantas y rodeada de un frondoso jardín en el que recordaba haber visto fuentes y caminos, ahora devorados por la vegetación tropical. Su deterioro era patente, los suelos y techos crujían, nubecillas de polvo se desprendían con cada crujido y numerosas grietas fueron asomando por cada rincón, como presagio de lo inevitable.
Sin embargo, me negaba a abandonarla. Algo me ataba a aquel lugar, como una maldición y, tratando de convencer a mis amistades de mi gusto por lo minimalista, fui vendiendo arte y muebles de gran valor que antaño habían dado gloria a mis apellidos dobles, con guiones. Esto me permitió seguir aparentando normalidad durante una época, hasta que comprobé que la vida de apariencia no generaba dinero y sentí como la soga se cernía sobre mi cuello.
Nunca había sido una persona decidida, más bien era pusilánime y dejaba que la vida se me diera hecha; por lo que no manifestaba el ímpetu suficiente para tomar decisiones y salvar mi pellejo. Me dediqué a mezclar la melancolía de mi madre con el abandono de mi padre, en un cóctel asqueroso.

Y pensaba en él… Iru.

Iru era el prometedor heredero de la segunda familia ilustre de la isla, bueno, ahora tal vez la primera. No tenía nada de especial, nada de Adonis o de varón de arrolladora presencia y físico; pero hacía que mis piernas temblaran y las fuerzas me abandonaran cada vez que lo tenía cerca.
Mi cabeza llena de pájaros había tenido innumerables fantasías con él. Habíamos compartido clases de pintura y siempre éramos los últimos en recoger. Yo imaginaba, con los ojos abiertos, cómo me abrazaba por detrás y acabábamos embadurnados de pintura y sin dejar de besarnos. En clase de equitación contemplaba su ceñido uniforme, mientras mi tutor me daba unas órdenes que no escuchaba y, en clase de natación, no podía apartar la vista de sus formas y de aquello que el bañador tapaba de la vista.
Iru era más bajo que yo, enjuto, pero elegante. Peinaba su cabello ensortijado hacia atrás y cuidaba de una barba corta y definida que le hacía aparentar mayor edad. Sus ojos parecían sonreír por sí mismos y su boca solía adquirir una mueca de medio lado que hacía acelerar mis pulsaciones. Eso debía ser lo que me atraía de él… sus ojos brillantes y llenos de vitalidad, su boca carnosa que humedecía con su lengua en un gesto maniático. De resto, era moreno de piel, delgado, con andares desgarbados, pero de apariencia carismática.
Recuerdo la vez que estuvimos a punto de besarnos. Sí, Iru era tan maricón como yo; aunque su familia tratara de aparentar endosándole señoritas que no tardaban en ser sustituidas por sus múltiples amiguitos. A mí me mataban los celos, mi madre me había enseñado a decir de mí mismo que yo era maricón, sin eufemismos. Me quemaba por dentro el deseo de confesarle mis sentimientos, mis pensamientos; a modo de resumen, lo que ocurría en mi corazón, mente, vísceras y sexo cada vez que lo tenía cerca.
Aquella noche la fiesta de niños de buena familia degeneró en una hoguera en la playa, alcohol y relajación de todas las normas de niños pijos que habían constituido la banda sonora de nuestras vidas. Ya no teníamos las ataduras de tiempos pretéritos, como la obligación de defender los límites de la isla y la colonia de piratas y enemigos; ni siquiera debíamos preocuparnos por mantener a flote los prósperos negocios de nuestras familias. Podíamos relajarnos. Éramos la tercera generación, la que poco debía esforzarse por mantener a bien a todos aquellos que conservaban nuestras vidas en modo disfrute, mientras ellos se dejaban la salud para que los negocios batallados por nuestros padres se mantuvieran en una buena posición.
Iru estaba borracho. La amiguita endosada por sus padres había desaparecido ante la evidente muestra de romance que Iru estaba teniendo con otro de los chicos. Las cosas no parecían estar yendo muy bien. El chico le echaba algo en cara, al mismo tiempo que le lanzaba lo que quedaba de su cerveza por encima. Seguramente el chico, que estaba de visita en casa de Iru y debía provenir de alguna familia adinerada del continente, le exigía que se mostrara como su novio en público e Iru le estaría aclarando, a gritos y de malos modos, que su familia le dejaría sin nada y que nada cambiaría, entre ellos, aunque él llegara a casarse y tener hijos. El chico no lo aceptó, le propinó un buen gancho de derechas y se alejó, rabioso y gimoteando, mientras Iru era asistido por sus amigos en el suelo arenoso.
Me acerqué. Me senté al lado de un Iru recuperado y aún borracho. Yo no lo estaba tanto, ya que el alcohol me recordaba demasiado a mi padre y lo tenía condicionado negativamente. Le pasé el brazo sobre sus hombros. Levantó con esfuerzo la mirada y me sonrió con complicidad y con su mueca de medio lado. Si mi madre hubiera estado viva, le habría confesado que él era mi Alain Delon, que mi corazón se desbocaba y amenazaba con saltar a través de mi boca al exterior, que comenzaba a sudar y que, si me tocaba, todo mi cuerpo se quedaba flojo, flácido, deseando una caricia o tan sólo que me tocara. Iru apoyó su cabeza en mi hombro y comenzó a acariciar mi espalda con movimientos circulares. Creí volverme loco. Sentía su aliento y su olor alcoholizado, pero nada me importaba. El rumor de las olas nos envolvía, la gente seguía riendo y bailando al son de la música lejana, Iru dejó caer la botella y agarró mi mano, la acarició e intentó hablar. Puse mi mano sobre sus labios, detuve sus palabras mientras su mirada me devolvía una pregunta bajo todo aquel alcohol en vena. Retiré mi mano lentamente, contemplé sus labios húmedos entreabiertos, me acerqué.

A Iru se le quedaron los ojos en blanco y cayó hacia atrás.

Cuando su familia llegó al hospital, Iru ya estaba en condiciones de desarrollar alguna excusa absurda y justificar así todo lo ocurrido. Su madre, esposa sumisa y sufrida, se abrazó a él y no dejaba de acariciar su rostro. Su padre lo contemplaba desde lejos, con aire autoritario y gesto de desaprobación, me dio las gracias y le dijo a su chófer que me llevara a casa. Yo no me atreví a decirle que quería quedarme al lado de Iru, que quería recordarle lo que el alcohol ya habría borrado y continuar hacia aquello que tanto deseaba.

Pero aquello era un pasado que no volvería.

Ahora me encontraba en los restos de mi vida de apariencia, manteniendo la herencia familiar apuntalada, con el único propósito de seguir perteneciendo a unos círculos que me acercaban a Iru, él era lo único que me quedaba, mi único motor.
Toda mi vida había intercambiado la cara de Iru por la de los chicos con los que había estado. Era cruel y egoísta, pero no podía evitarlo. Cuando otros me besaban, con los ojos cerrados imaginaba que eran sus labios, que su lengua recorría la mía, que mi mayor deseo se cumplía.
El viejo timbre de la puerta principal provocó eco en las estancias casi vacías, no me imaginaba quién podía ser. En casa no podía aparentar de una manera muy creíble. La ausencia de servicio, el estado del jardín y de la casa en sí. Todo gritaba el declive de mi apellido, compuesto, con guiones.
Atusé mi cabello ralo, traté de oler mi aliento en el hueco de mi mano, me miré en uno de los pocos espejos supervivientes y me rendí a lo evidente. No era tan buen actor como creía, todo era ya tan tangible y obvio.
Cuando abrí la puerta allí estaba él. Me sonreía y se apiadaba. Odiaba aquello.
Tendió su mano hacia mí mientras me daba los buenos días. Yo apretaba la suya mientras pensaba en que los buenos días serían aquellos en los que despertara a su lado. Los años habían pasado, pero sus rasgos eran iguales, aquellos ojos llenos de entusiasmo, su sonrisa seductora y esos labios anhelados.
Lo hice pasar y nos sentamos en lo que quedaba del salón. Un crujido y una nube de polvo le hicieron girarse con miedo hacia la esquina de donde provenían. Yo ya estaba acostumbrado.

-Mmmmm… ¿Qué tal estás, Alain?...
-Bi… bien, Iru… ¿y tú? –el balbuceo era otra de las cosas que me provocaba.
-Muy bien, la verdad –dijo, esbozando aquella sonrisa pícara.

En aquel instante perdí el autocontrol de tantos años de represión y sentí cómo mi entrepierna respondía a su presencia y a la cadencia de su voz. Traté de disimularlo, traté de pensar en otras cosas, intenté recuperar toda una vida de moral y apariencia, de buenos modos.

-¿Qué te trae por aquí? –le dije.
- Bueno, como sabrás, mi familia es la principal poseedora del legado cultural e histórico de nuestra isla. La fundación que presido vela por preservar nuestro acervo y los pasos que han convertido a nuestro bello hogar en lo que es, de hecho…
- Déjate de fórmulas, Iru… ¿a qué has venido? Veo que el guión te lo has preparado bien, pero nos conocemos de toda la vida. Habla sin tapujos.
-Bu… bueno, –ahora era él el que balbuceaba ante mis maneras cortantes– supongo que tienes razón… Alain, mi familia quiere hacerte una oferta por tu mansión. Espero que estudies nuestra propuesta –dijo mientras sacaba una carpeta de su cartera de empresario y la dejaba sobre la mesita entre los dos.
- ¿Cómo? –dije mientras cambiaba de postura y dejaba patente mi enfado y sorpresa.
-Pues eso, Alain. Ya que te puedo ser franco, toda la isla sabe cuál es tu estado y mi familia quiere velar por esta bella construcción como parte de nuestra labor de preservar…
-¿¡Cómo te atreves!?... ¡No necesito tu limosna!... Estás equivocado, todo me va perfectamente –le corté.
- Alain, sé juicioso, mi prometida y yo estamos trabajando para que el lega…
-No quiero seguir con esta conversación, si eres tan amable de abandonar mi propiedad –le dije, con decisión, después de haberle escuchado hablar de “su prometida”.

Su cara era un poema. Creo que él recordaba la noche de la playa, al menos me lo pareció en aquel momento. Se sentía avergonzado. No deseaba hacerme daño, igual por amistad o tal vez por pena, no creo que sintiera nada más; aunque la verdad es que toda la vida había sido muy negativo sobre la cuestión de que alguien pudiera sentir algo por mí. Iru había sido un títere toda su vida, títere de una familia que sí había preservado una vida cómoda; pero manejado y nunca feliz. Pasaría toda su vida teniendo amantes, mientras su futura esposa viviera una vida de lujo y se buscara sus propios amantes, ya que en aquella pequeña isla una vida de apariencia terminaba siendo de dominio público; pero era un juego al que todos estábamos acostumbrados y que habíamos normalizado.
Ardía en deseos de coger su brazo, darle la vuelta y besarle. Ardía en deseos de decirle que prefería ser uno de sus amantes que el novio de otro. Pero nunca me atrevía a hacer nada.

Un nuevo crujido le hizo estremecerse y yo reí con crueldad.

-Alain, necesitas ayuda y no lo ves.
-Iru, llevas toda la vida tratando de esconder, tras un velo transparente, que eres tan maricón como yo; pero no funciona. No quiero tu compasión ni nada de ti.

No creía lo que acababa de decirle. No era normal en mí ni en aquellos lugares. Pero lo sentía mío, porque nos habíamos amado en mi mente, porque estaba en mi intimidad y en todos mis pensamientos, porque estaba obsesionado. La segunda parte de mi frase no me la creía ni yo. Lo quería todo de él, todo con él; pero mi absurda soberbia lo inundaba todo y convertía en estériles todos los atisbos de cordura y buen juicio.
Creí ver unas lágrimas incipientes en su mirada antes de empezar a bajar las escaleras. Había hecho daño a la persona que más amaba, al hombre que consideraba lo único importante de mi vida. El fuego recorría mis entrañas, saberle próximo a casarse con una mujer había sacado a la luz el demonio que ya casi pasaba la mayor parte del tiempo a flote. Cerré la puerta con un portazo para no verlo más y para reafirmar mis palabras con una sonora despedida. Mala idea. Un crujido recorrió toda la casa y permanecí inmóvil hasta que todo se calmó.

Sabía lo que tenía que hacer.

Encendí mi teléfono móvil y busqué el nombre de uno de mis últimos ligues entre los contactos de la agenda. El pobre iluso estaba de vacaciones y se había creído mi gusto minimalista y mi fortuna intacta. Había asimilado mis mentiras el tiempo suficiente para que yo me aprovechara de él y jugara a mi entretenimiento preferido de sustituir mentalmente a cualquier chico por Iru.
Me arreglé y esperé su llegada. Necesitaba el calor de un cuerpo hoy más que nunca. Incluso barajaba la idea de decirle que Iru era un vocablo de la isla que se susurraba a los amantes, para así poder decirlo en voz alta. Cada uno de los besos y caricias trataría de calmar mi desasosiego después de mi encuentro con el maricón reprimido, de mi mayor objeto de deseo.
La idea de lanzarme de lo alto de la mansión también se había pasado por mi mente. Pero, dado el estado de la misma, seguramente el techo de la pequeña azotea cedería y me encontraría con algún miembro roto y una preciosa vista nocturna del firmamento desde mi habitación.
El chico llegó. Era rubio, de espaldas anchas, de ojos claros. Cuestión que no me agradaba porque, al recorrer su cuerpo, tenía que imaginarme que el delgado cuerpo de Iru sustituía a unas espaldas viriles y desarrolladas. Me sonrió mientras bajaba de su coche de alquiler y meneó su mano a modo de saludo, perdiendo todo atisbo de virilidad que pudiera aparentar. Hice un esfuerzo… sonreí.
Al llegar a mi altura, besó mis labios. Cerré los ojos. Mi mente voló al Iru borracho de la playa y sentí que al fin le estaba besando de verdad. Nos seguimos besando bajo el porche de la entrada, yo no me escondía, como Iru.

Se escuchó un fuerte crujido.

El chico cuyo nombre ni siquiera recordaba se estremeció. Lo tranquilicé, aquello era normal en las mansiones antiguas, le dije.
Se olvidó de todo cuando comencé a quitarle la camisa allí, en la entrada de la casa. Me apartó y me miró con expresión de preguntarme si de verdad quería hacer aquello allí. Asentí y le atraje hacia mí. Le besé con fuerza, con violencia, notaba como nuestros sexos se buscaban bajo las ropas. Mi mente volaba por todos mis recuerdos con Iru hasta que, sin haberle expuesto mi argucia, susurré su nombre…

-Iru, bésame Iru…

El chico me apartó y me miró con expresión de enojo. Un crujido más fuerte se escuchó sobre nuestras cabezas.


Una mole de piedra nos aplastó. 

jueves, 28 de abril de 2016

Aprilis II


12 de abril.

- Ven a mi despacho en una hora, para darte un besín –le escribí a Mijaíl, escondido tras la puerta de la estancia.

El sistema de mensajería me indicaba que el mensaje había sido recibido y… ahora, leído. Después de lo de ayer, aquello era un buen síntoma, pensé. No es que yo quisiera algo serio, de hecho él ya me había aclarado en un par de ocasiones que tan sólo quería “pasarlo bien”, así que suponía que no había intenciones de algo más. En fin, mi cabeza era, como siempre, un barullo de ruidos molestos que acallar. Mi mirada se perdió a través de la ventana, recordando lo que había ocurrido entre los dos el día anterior…

11 de abril.

Estaba tumbado sobre su cama. Me acababa de dar la vuelta sobre mí mismo para recuperar la movilidad de mi brazo dormido. Tenía los ojos abiertos como platos, saboreando la paz de después del sexo, el sexo alimentado tantos días antes… a mi cabeza acudía una canción que me tenía obsesionado…

“‘Cause everytime  that I see you,
I can’t help but think,
that you’re a little more distant now
than you were with me last week.
When I just wanna get closer,
a little closer to you.
Get as close as I can,
so close that I can’t breathe unless you do.” [1]

Mis ojos absorbían cada detalle de la habitación, el color de las paredes, los cuadros y la decoración vintage del dormitorio, tratando de asimilar con todo ello detalles de la personalidad de Mijaíl. Detuve mi mirada en Jeune homme nu assis au bord de la mer, la obra más conocida de Hyppolite Flandrin, que presidía uno de los laterales de la estancia, como observando la escena con su bella figura masculina desnuda, alegoría de la desnudez de nuestros cuerpos varoniles, desnudos y entrelazados.
 En verdad habíamos conocido antes nuestros cuerpos que nuestras vidas. Es curioso cómo de impersonal puede ser un trabajo, convives todo el día con personas que pueden ser unos absolutos extraños, sólo alcanzamos a ver pinceladas de sus vidas y sus pulsiones.
Ese día yo salía un ratito antes del trabajo, así que quedamos en que iría a comer algo y él comería un bocado rápido para encontrarnos en un punto de la ciudad cercano, según me indicó, a su casa.
Comí, paseé y sentí un pequeño desasosiego previo a lo que estaba por llegar.
Mijaíl me recogió en una esquina convenida, preguntándole, al subir a su coche, si aquello ‘iba a ir de esquinas’. Charlamos animadamente y, dos esquinas más allá detuvo su coche frente a una urbanización de casas bajitas. La pintura exterior estaba algo descuidada, descascarillada, no sé por qué imaginaba que tenía que vivir en una casa más pija; supongo que porque él tenía un puesto mejor que el mío, cobraba mejor y no parecía que su contrato peligrara, como lo hacía el mío cada cierto tiempo.
Allí estábamos. Mijaíl sacó las llaves y forcejeó levemente con una puerta acristalada de rejas verdes, que hacían filigranas y cubrían el cristal. El edificio no era más alto de dos pisos y fue al segundo a donde subimos. Seguimos charlando sobre cuestiones del trabajo, cotilleos e impresiones que nos hacían reír.
Las escaleras eran estrechas y pequeñas, desgastadas por el paso de los años, de un color amarillento con vetas negras y grises, un horror, vamos. Sobre la pared contraria a la barandilla se alzaban tres buzones grises y, unos escalones por encima, la puerta de la primera vivienda.
Seguimos subiendo mientras trataba de controlar el no dejar un pedazo de mi cabeza contra alguna de las esquinas. Mijaíl pasaba sin problemas, sin duda le sacaba unos cinco centímetros o más. Observaba las formas de su cuerpo mientras hablábamos y subíamos los escalones. Mijaíl siempre hacía comentarios teatrales sobre su edad, sólo seis años más que yo; su hernia discal, su falta de visión, todo ello debido a sus largas horas de trabajo; a lo que siempre añadía la coletilla de que ya sabría yo lo que era pasar por todo aquello. A todo eso yo respondía con que lo veía bien y dejaba una sonrisa picarona en mi cara instalada durante un instante en mi rostro, lo suficiente para que él la viera y me hiciera un mohín.
Mijaíl era moreno, canoso, de ojos azules cálidos, no de ese azul que destila frialdad; sus labios no eran tan carnosos como los míos; pero eran armónicos y perfectos para mis besos. Tenía un poco de barriga y asomaba una comedida mata de vello en los escotes de sus camisas, lo que me atraía sobremanera. Me gustaba abrazarlo y pasar largos ratos colgado de su torso, deslizando una mano hasta su trasero y apretándolo en actitud cómica.
Su hogar era pequeño. No conseguí verlo del todo. Alcancé a ver una pequeña cocina, un cuarto, que supuse de invitados, el baño… y continuaba un salón comedor con las paredes repletas de cuadros. La pared sobre un sofá en forma de ele estaba especialmente repleta de ellos. En la parte más baja se trataba de fotos enmarcadas, cientos de rostros de personas que no sabía quiénes eran, que sonreían junto a Mijaíl o sin él. El resto eran portadas de películas, vinilos enmarcados, su actriz fetiche, Julianne Streingh, estaba repetida en diversas versiones y estilos artísticos. Un reproductor de vinilos se hallaba sobre una mesita baja, junto a dos sillones de cierto estilo rococó, de tapicería beige, que con sus patas retorcidas simulaban volutas de un gusto recargado, a mi juicio. Lancé un suspiro teatral mientras Mijaíl traqueteaba en el cuarto de baño haciéndome esperar; una risita suya atravesó la estancia. Seguí observando y desgranando toda la información que tenía alrededor, que no era poca. Delante del sofá se situaba una mesita cubierta por un mantel de vinilo y, al fondo del saloncito, un aparador con copas y vajilla a la vista, un arcón cubierto con una trapera y, sobre éste, en la pared, varios cuadros de fotos familiares en blanco y negro y…

 ¿Te gusta mi casa, Josef? –escuché a mis espaldas, dando un pequeño saltito.
 ¡Ay, me asustaste jodío!

Y no hubo más palabras. Aquel momento era demasiado esperado como para alargarlo más. Enlacé mis brazos por encima de sus hombros, cruzando las puntas de los dedos de mis manos por detrás de su nuca, le sonreí y me acerqué a sus labios. Nuestros besos se multiplicaron y se diversificaron, pequeños, suaves, profundos, apasionados, largos y cortos. Cerré los ojos y saboreé su lengua en todas las posiciones que encontré posibles. Sus manos se colaron por debajo de mi ropa, las mías se aferraron a su trasero y lo mantuvieron bien sujeto.
Las camisas volaron, acaricié su torso, me recreé en su vello y en sus formas; sus manos fueron un espejo de las mías, recorriendo todo lo que la piel desnuda nos regalaba, ya sin fronteras. Deslizó las manos al cierre de mis pantalones y éstos cayeron sin resistencia. Acarició el contenido de mi ropa interior por encima de ésta. Mil sensaciones placenteras recorrieron mi sistema nervioso, me provocaron un incendio aún mayor y no quise más que tenerlo para mí, sin nada más que su piel en la mía. Me deshice de sus pantalones, terminamos de librarnos del resto de los abrigos y vestimenta, que quedó abandonada sobre sus muebles barrocos.
Me agarró de la mano, con nuestros cuerpos desnudos y las miradas cargadas de deseo, me dirigió hacia el dormitorio y me invitó a sentarme sobre el borde de su cama. Nos seguimos acariciando en aquella posición momentánea. Me empujó suavemente sobre la cama, deslizó su cuerpo sobre el mío y nos acomodamos a lo largo de su lecho. Los besos recorrieron todas las partes que pudieran haber estado ocultas con anterioridad, su habilidosa boca jugueteó con mi sexo, mis gemidos comenzaron a crecer, esta vez sin miedo a que nadie atravesara la estancia. Cerré los ojos y sentí que desaparecía y me difuminaba con las formas de Mijaíl.
Me invitó a ponerme bocabajo, se acostó sobre mí y nuestros cuerpos sintieron el placer del roce de nuestros sexos, de nuestros troncos, mientras nuestros pies se enlazaban y se separaban como en una coreografía no ensayada. Sin decirle nada, Mijaíl empezó a besar y chupar mis hombros, él no podía saber que ese era mi punto débil, no se lo había dicho. Mis gemidos volvieron a elevarse y él supo descifrar el significado. Se entregó arduamente a la zona y yo creí que me volvería loco, su barba provocaba un placer que se sumaba a la acción de su boca y a su aliento en mi nuca; la conjugación de todos esos elementos provocó uno de los momentos álgidos del encuentro. Nuestros cuerpos estallarían en luz.
Le hice tumbarse bocarriba. Debía devolverle ciertas acciones, me recreé en sus pezones, con mi lengua, con mis labios, besé todo el recorrido hasta detenerme, con pausada alevosía, sobre su miembro erecto. Su angustia de placer era palpable, jugué con todas las modalidades del sexo oral, escuchando cómo sus quejidos llenaban la estancia y mi placer alcanzaba cotas elevadas, ya que proporcionarlo era uno de mis grandes vicios.
Me tendí sobre Mijaíl, descansé con nuestros cuerpos fundidos en uno, acaricié su rostro, besé sus labios empapados de mi sabor y el suyo. Rodé para colocarme bocarriba y señalé, con mi expresión facial,  los preservativos colocados en la mesilla de noche. Alguien había preparado la lección a conciencia.
Mijaíl demostró la teoría aplicada desenfundando el profiláctico sobre mi miembro. A horcajadas, manipuló la situación con maestría y sentí un calor húmedo que me atravesaba. Sus movimientos se hicieron rítmicos con mi miembro dentro de él. Nuestras facciones, nuestras respiraciones se abandonaron al deseo y al hedonismo absoluto. Los dos dábamos rienda suelta a sonidos y expresiones que no teníamos que contener.
No paramos de acariciarnos, Mijaíl se acercó a mi boca sin perder la postura y el placer se multiplicó al besarnos.
Nos abrazamos y besamos mientras Mijaíl se colocaba bocarriba y colocaba sus tobillos sobre mis hombros. Su expresión de placer fue aún mayor, mi ritmo, el sudor que rodaba por nuestros cuerpos, convirtió ese momento en un lenguaje y conexión carente de la necesidad de palabras o explicaciones. Le besé larga y detenidamente en aquella postura. Volví a mi ritmo y él a su agonía de placer.

- Cabrón –musitó.

Casi a la par, comenzó a masturbarse y a gemir con mis movimientos. Sus lamentos y los míos se fundieron, su placer me venía devuelto y su líquido sexual comenzó a cubrir su propia barriga y parte de su torso. Me acosté a su lado y acerqué su cuerpo al mío, necesitaba seguir sintiéndolo, sentir que me pringaba con su cuerpo embadurnado. Empecé a besarle con pasión, mientras me masturbaba, nuestras lenguas se fundieron y procuré que su semen fuera compartido por mi cuerpo. Aquello me excitaba sobremanera y sentía que se acercaba mi éxtasis. Llegó. Lo abracé con fuerza y gemí abandonándome a los fuegos artificiales, sin despegarme un centímetro de su lengua y sus labios.
Nos limpiamos en cierta medida y nos besamos, exhaustos y sumidos en el placentero abandono.

- ¿Te molesta que me quede así? –le consulté mientras le abrazaba, colocando mi mano sobre su pecho velludo.
- No, claro que no, Josef –dijo, besándome.

Y así, nos dejamos llevar por la relajación y la paz interior. Con nuestros cuerpos enlazados bajo los cálidos ropajes de su cama. Su respiración comenzó a hacerse más profunda. Yo, incapaz de dormirme por el día, cerré los ojos y disfruté del aquel instante, del tacto de su piel, del calor que envolvía mi carne y la hacía vulnerable y, a la vez, impenetrable.
Su voz me rescató, pasados unos minutos largos, del trance de observación y de mi vivencia impresionista sobre el aquí y ahora.

- Un penique por sus pensamientos, Mr. Josef –me dijo, sonriendo.
 ¿Sólo un penique? –respondí, con un mohín.
- ¿En qué piensas?
- En nada, la verdad, sólo disfrutaba del instante.

En aquel momento, nuestra conversación fluyó hacia temas pendientes de todo lo que nos rodeaba. En unas horas nuestro mundo se hizo redondo y circular, las partes se unieron y todo se colocó en armoniosa sintonía.
Llegó el momento de separarnos.
Mijaíl se fue hacia la ducha. Contemplé su espalda, sus nalgas moviéndose con el rítmico caminar y desapareció de mi vista por la puerta del cuarto de baño. El agua comenzó a caer y Mijaíl empezó a tararear la “canción absurda número seis”, como él decía; una tonada sin sentido y con letra mezclada entre un mal inglés y un español desestructurado.
Yo me fui vistiendo con desgana, continuando con mi observación detallada de todo lo que se hallaba al alcance de mi campo visual.
Conversación banal en nuestro camino hacia la calle. Mijaíl quiso acompañarme un par de manzanas por debajo de su casa y me despidió con un abrazo largo y un pequeño beso.

12 de abril, otra vez.

Mijaíl me devolvió a la realidad. Ni siquiera cerré la puerta del todo. Nos besamos dulce y lujuriosamente detrás de la puerta y nos separamos con una sonrisa en los labios. Sabía que los siguientes días tendría que abandonar la ciudad por trabajo y no lo vería.

Las fechas se difuminan…

Dejo de contar los días desde que volvió Mijaíl; abril se ha convertido en un chaparrón que cae, plomizo y vehemente, desde las nubes negras que presagian lo que ha de acontecer.
Algo ha cambiado. Al volver del viaje, Mijaíl me acarició la mano disimuladamente en medio de una reunión. Un rubor se hizo visible en mis mejillas, un calor incontrolable me sofocó y un ansia de arrancarle la ropa allí mismo puso en entredicho mi autocontrol.
Pero, un día, se presentó en mi despacho con semblante taciturno, rígido. Me sonrió y cerró la puerta tras de sí. Un escalofrío premonitorio me recorrió, me acerqué a su figura, lo rodeé con mis brazos, nos besamos. Nuestras lenguas buscaron la del otro con desesperación y lujuria, con dulzura y deseo.
Sabía que estaría fuera el fin de semana, de nuevo. Trataba de pensar que aquello era normal y que no significaba ninguna otra cosa.
Al volver, un nuevo compañero apareció en la sede. Se presentó como Jim, un delegado británico de nuestra organización, muy mono, de pelo rubio ensortijado, como un Ken. Amplia y robusta espalda, brazos definidos, mirada fría de un azul pálido, labios finos que dibujaban una sonrisa de autosuficiencia permanente.
Mijaíl lo presentaba con cara de emoción, con expresión de familiaridad. Un malestar se instaló en la boca de mi estómago, una sensación pesada, premonitoria. Una gota de sudor frío se deslizó por mi nuca y rodó por mi espalda, que se estremeció con un escalofrío. Todos se dispersaron después de las presentaciones. Jim sería el coordinador de muchos de los proyectos de nuestra organización a partir de ese momento. Sonreí a Mijaíl cuando nuestras miradas se cruzaron, pero su expresión era una extraña mezcla entre súplica y disculpa. No la entendía, o no quería entenderla.
Los días siguientes fueron bastante ajetreados. Había que poner a punto la maquinaria de la organización y el ‘inglesito’ no era precisamente un coordinador relajado y comprensivo. De hecho, de las primeras cuestiones que trató fue la necesaria aclaración, como dijo él mismo, de los puestos de próxima extinción. Entre ellos el mío. Lo que no evitaba que salivara cuando lo veía pasearse entre nosotros.
Mijaíl estaba casi siempre ocupado, no atravesó la puerta de mi despacho y la sensación de esperar que lo hiciera se apoderaba de mí varias veces al día y, encima, mis días allí eran contados; de hecho eran cinco.
Y pasaron cuatro. Llegado el quinto, decidí ser yo el que fuera a su despacho, al menos para saber en qué punto nos dejaba aquello.
Toqué y abrí la puerta, con la familiaridad que creía tener ya con Mijaíl.
La escena fue como una patada en el estómago y tuvo el mismo efecto: Mijaíl y Jim estaban sin camisa y separaron sus bocas al sentir que la puerta se abría. Quería desaparecer del planeta. Bueno, quería asesinarlo y después desaparecer.
Con frialdad, me dispuse a recoger mis pertenencias de la oficina. La despedida de los compañeros que finalizábamos contrato había sido ya la tarde anterior; habíamos decidido no hacer escenas de despedida trágicas y que el último día cada uno recogiera sus cosas y dejara las dependencias de un modo sereno. Eso me proporcionó una coartada perfecta.
Mijaíl se presentó en mi casa por la tarde. Era la primera vez que lo hacía. Le abrí la puerta con los ojos rojos y la mirada cargada de furia y orgullo.

-¿Qué carajo quieres? –le espeté sin miramientos.
- Te quiero a ti, aunque no lo creas –balbuceó.
- Tienes razón, no lo creo. Quiero que te vayas y no verte nunca más.
- No me puedes pedir eso, amore…
- Por favor –logré decir, entre sollozos – no, no me llames así, ya no. Vete.
- Es mi marido, Mijaíl. Jim es mi marido.
- Y por lo que vi, no les va mal.
- Estábamos en crisis cuando empezó lo nuestro, pensando en el divorcio.
- No te he pedido explicaciones. Nada serio teníamos. Sólo me duele la mentira, el engaño. No soporto que me mientan. Ya te he dicho todo lo que tengo que decirte, vete, ahora.
- Está, est… está bien.

Le vi desaparecer mientras cerraba con un portazo. Otra vez aquella sensación de vacío, de dolor, otra vez acudían a mi mente todas las fórmulas inútiles con las que me convencía de seguir adelante. Todos esos “no te merece, él se lo pierde”, que en verdad servían más bien de poco.
Me fui a pasear a la orilla del mar, me senté sobre los callaos y me dejé mecer por la brisa y el sonido constante de las olas vertiéndose entre las pulidas rocas.

Abril cierra sus puertas. Abril se despide en mi corazón desmadejado.

Con mayo llegarán nuevas melodías…






[1] Josef Salvat: Closer (Night Swim, 2016).

miércoles, 13 de abril de 2016

Coeducación. Hacia una educación igualitaria.

     Esta vez mi publicación apenas tiene un par de frases, pues al contenido se accede a través del siguiente enlace. Se trata de una publicación de mi autoría en la revista mexicana "Konéctate Cesuver", gracias a mi amiga Ana Leticia Pucheta Medel.




     Otros enlaces relacionados:



El misterio del duende (Érase una vez) - Relato para la Semana del Libro del Colegio Agache 2016



Leo había olvidado el sendero que debía de llevarlo de vuelta a la biblioteca del colegio. Hacía mucho que no recorría aquel camino y dejó caer su saco, repleto de libros, sobre el costado de una roca que había al margen de la angosta vereda.

- ¡Qué fastidio! –se dijo– ¿será por aquí… o por aquí? –musitó mientras se rascaba las peludas orejas y ponía una mano, a modo de visera, sobre sus duendiles ojillos.

De puntillas, intentó atisbar una pista de lo que el retorcido sendero le aguardaba al otro lado de un muro alto que había en la parte alta. Aquello no le sonaba lo más mínimo, no le era familiar. Miró hacia el saco con compulsiva obsesión, se acercó para colocarlo en diversas posiciones, exhaló con un suspiro prolongado y echó una pequeña y teatral carrerilla hacia la otra punta del camino. Que no, que por allí había venido antes y tampoco le sonaba de nada. De nada en absoluto, qué desastre.

- Si ya me lo decía mi tía Lucinda –se dijo en voz alta–, que soy un “desastre con patas”, que no pierdo las orejas porque me nacen de la cabeza… ¡de mi cabeza hueca de chorlito! –dijo, mientras pegaba una patada a unas piedrecillas del camino.

De repente sus ojillos se iluminaron. Las piedras rodando le habían recordado algunos detalles de otros viajes anteriores, o eso creía él.
Como solía pasarle, su mirada se quedó prendida en el vacío, allá, nadando sobre el lejano horizonte y recuperando sus recuerdos, que se hallaban colgados, de manera desordenada, en el interior de su cabeza sobrepoblada, como una biblioteca tras el paso de un huracán.
Leo dibujó entonces una sonrisa amplia, eufórica, en su rostro. Su cuerpo se tensó y, con un grito triunfal, comenzó a correr cuesta arriba, recordando cuál era la dirección adecuada. Siempre arriba, siempre arriba, sigue el sendero sin desviarte de los cuatro elementos; entonces, da veinte pasos a la derecha… ¡no, no, veintitrés! Despuéeeeeees, giras sobre ti mismo y entonas una canción estúpida que disipe todas tus dudas y, y… ¿cómo era? Sí, sí, deslizas tus dedillos en el interior del saquito que llevas colgado al costado, viertes una buena cantidad de polvo de hadas sobre tus manos, lo soplas alto y fuerte y… ¡voilà!

- Sí, sí, ya está –se dijo Leo, hablando, como siempre, en voz alta– ¡Oooooh, no, estúpido, idiota duende, cabeza de alcornoque, has olvidado de nuevo el saco en la misma roca!

Leo retrocedió sobre sus pasos y suspiró aliviado al ver su precioso saco allí, justo donde lo había dejado.

- ¡Uff, menos mal!, no sé qué sería de mí sin mi saco. En él guardo mi libro de cuentos, que cada día se hace más y más gordo, ¡como mi tía Lucinda! –y lanzó una sonora carcajada, provocada por su propio chiste.

Pero Leo obviaba que en su saco también se alojaban risas de niños, orejas atentas, hombros tensados por la emoción de las historias de intriga, besos de enamorados, lágrimas de felicidad y alguna de pena; pero de estas últimas no muchas, por favor.
El duende cargó el saco a sus espaldas y repitió la fórmula. Delante de su calzado de viaje, apareció, por arte de magia, un hueco con escaleras descendentes que le llevaría a su ansiado hogar: la biblioteca de su colegio preferido.
Leo encendió un quinqué, sujetándolo por el asa, que trazaba un precioso dibujo de hermosas filigranas artesanales. El quinqué estaba justo en el rincón que tenía preparado para aquellas ocasiones y así iluminó sus pasos por el pasadizo secreto. El entorno guardaba la humedad normal de una cavidad subterránea, pero también los susurros de todos los personajes que habían impregnado las paredes en contaminación por tantos relatos contados en aquellas tierras hermosas.
Al final del pasadizo, Leo se encontró con una puerta de madera sólida, sobre la que figuraban, en relieve, princesas valientes y príncipes enamorados, reyes alocados y reinas pacientes de amable sonrisa, duendes, hadas, trasgos, ondinas, sílfides, faunos y magos poderosos. También, si te fijabas bien, podías ver manzanos de manzanas de oro, lagunas de oscuras aguas, noches sin luna y sonidos que helaban la sangre.
Leo alzó su aguda voz con toda la seguridad que encontró en su aguerrido corazón y fue deshilando una canción repleta de magia, cargada con la sabiduría de sus ancestros:

“Érase una vez que se era,
un palacio de altas torres,
de ventanales acristalados,
de memoria desmemoriada.
Un profundo y bello bosque,
que esconde la llave mágica…
¡que ahora abrirá esta puerta!”

Y, pese a todo pronóstico de desastre, que solía ser lo habitual en los acontecimientos de Leo, la puerta dejó escapar un quejido lastimero y… se abrió.
Leo volvía a estar en su hogar. Tarareando y estornudando por el polvo acumulado, fue deshaciendo el equipaje y colocó en un lugar de honor su libro de cuentos. Su libro llevaba tiempo dormido, recogiendo los miles de cuentos que Leo había escrito, con tinta y pluma mágicas por supuesto, y que ahora reposaban entre sus cálidas páginas.
Los secretos de un duende de tanta edad eran muchos e insondables. Cada cierto tiempo, Leo notaba que el libro le pesaba más de lo normal. Era entonces cuando necesitaba volver a su hogar y que todo su ser descansara junto a la magia de todos los libros de su hogar.
Leo tenía muchos secretos, pero también un corazón alegre, alimentado por la risa de los niños, por sus ojos abiertos de par en par y sus deditos pasando las páginas de un libro con ansia. Los niños sabían que, ocultos entre las páginas de aquellos libros que Leo les prestaba, estaban todos esos personajes mágicos, todas esas historias que creaban la mejor de las películas  proyectada en la pantalla de mayor calidad, su imaginación.
Era hora de descansar, Leo lo notaba. Sus huesos, fuertes como raíces, le pedían una tregua de tanto viaje, caminata y despiste. Leo se comió con avidez un pequeño pastelillo de chocolate de su tía Lucinda, con una tacita de leche de cabra con café y escaló hasta los libros más altos para acomodarse lo mejor posible. Los libros de poesía eran sus preferidos para descansar, sentía que los versos eran como mullidos cojines que le proporcionaban un descanso reparador y sueños llenos de luz.
Y allí lo podemos encontrar siempre que lo necesitemos, atareado con todo el trabajo que exigen los libros para que éstos lleguen a los niños alegres y risueños, que él tanto quiere.

Si escuchamos muy atentamente, si guardamos silencio hasta que sólo podamos escuchar nuestro corazón latiendo fuerte, sin duda podremos escuchar a Leo dándonos la bienvenida con las palabras que más ama en este mundo…

Érase una vez…